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sábado, 12 de septiembre de 2015

Ni fronteras ni banderas

Hay una teoría conspiranoica que dice que la mejor arma que tiene el poder para desactivar a la opinión pública es convertir un problema en moda. Hoy el objetivo de la cámara está puesto en los refugiados que acuden a Europa huyendo de la desesperación, pero es tanta la saturación mediática que tanto sufrimiento humano acabará por olvidarse, sobre todo cuando gane otro título nuestra selección. No existen los inmigrantes, solo personas que, como yo hoy, mi padre ayer y millones de seres humanos, se buscan la vida como y donde pueden. Ningún ser humano es ilegal. La foto es de una obra de Antonio Olmos, elaborada con la camiseta de un inmigrante abandonada en una patera, de hace años, cuando el sufrimiento no era moda sino una lacra a combatir.

viernes, 27 de marzo de 2015

La condena del olvido: Missak Manouchian

En nuestra bienpensante sociedad pequeñoburguesa no hay nada peor que recordarle al mundo libre y bien alimentado que las ventajas de las que goza, el bienestar en el que se revuelca la bendita clase media, suelen estar tejidos paciente, lenta y dolorosamente con sangre, sudor y lágrimas. Pero de manera literal, no como cita metafórica.
Masas ingentes y anónimas de personas tuvieron que ser aplastadas por los engranajes del progreso para que una minoría de elegidos podamos disfrutar de los avances del capitalismo en cuanto a confort y seguridad, y no nos gusta escuchar cómo llegó todo esto a nuestras manos.

sábado, 12 de julio de 2008

Un dolor casi insoportable

1. "Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado."
2. "Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país."
(Artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos).

A nuestros progresistas, moralmente íntegros y bien alimentados gobernantes (cuyo dolor ante ciertos hechos es casi insoportable) se les olvidó añadir:

"Excepto si es pobre."

sábado, 7 de junio de 2008

Hiprogresía

Uno de mis pasajes literarios favoritos es aquel del Lazarillo de Tormes en el que después de que el ciego le propinara un jarrazo en la boca al pobre de Lázaro, quebrándole los dientes e hiriéndole la cara con profundos cortes, el propio ciego le dice mientras le cura las heridas con vino:

-"¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud".

En estos últimos días he visto la misma historia recreada una y otra vez. Los poderosos del planeta se han reunido en Roma al grito de ¡ay, pena, penita, pena! para arreglar el hambre del mundo. Las mismas potencias de Oriente y Occidente cuya política económica ha causado la actual situación de depauperación y miseria en dos terceras partes de la Tierra se afanan en pronunciar sentidos discursitos y en darse golpes de pecho (mass media mediantes). El propio Zapatero, mientras tendía su mano izquierda a los 850 millones de pobresitos negritos, cerraba con la mano derecha un acuerdo paneuropeo mediante el cuál se cierra un poco más el lazo al cuello de los llamados inmigrantes ilegales en la Unión Europea.

Y es que da mucha penita que se mueran de hambre los pobres negritos, pero que no se les ocurra acercarse a mi mansión porque les suelto los perros. ¿Qué más quieren?: ya tienen libre acceso a nuestros cubos de basura, a nuestras sobras, a ver si se han creído que tienen derecho a una vida digna como nuestros hijos.

Quizás algún mojigato piense que con los 850 millones de euros prometidos para combatir la presente hambruna se va a solucionar el problema de esos 850 millones de personas en el continente africano en riesgo real de morir de hambre (por cierto, un euro por persona si los cálculos no me fallan). Son las políticas económicas de la Unión Europea y las del resto de sus compañeros de banquete las que han producido la presente situación: la especulación, las catástrofes naturales y la desertificación producidas por el cambio climático, la deuda externa, el expolio de materias primas, los altos aranceles a los productos agropecuarios de los países del Sur, las subvenciones a los productos agrícolas de los países ricos, el dumping, la contaminación de los acuíferos y de la atmósfera, la fuga de cerebros que extrae de sus países de origen a las pocas personas con formación técnica o científica, etc., etc., etc.

Mientras el sistema económico no cambie, las consecuencias seguirán siendo, por desgracia, las mismas. Cuanto más ricos seamos en el Norte, más pobres serán más millones de personas en el Sur, en una relación de causa-efecto en la que la pobreza de los más causa la riqueza de los menos, y no al revés. El Liberalismo se ha desarrollado en el mundo durante 200 años (y en las últimas décadas sin cortapisas; léase la caída del muro), y los resultados son los que son: bienestar para unos privilegiados, miseria para los demás. Pero, mientras esa marea de pobres se ubique a 2000 km de nuestras casas, el problema se reducirá al sobre del Domund y la casilla de fines sociales del IRPF y, acaso, las postales de la UNICEF en las navidades.

Ya lo dijo Rosa Luxemburgo: Socialismo o Barbarie.

Y va a ser Barbarie.

Para rato.

jueves, 22 de mayo de 2008

La satisfacción de los lobos

Érase una vez, en un cercano país, un grupo de lobos que se reunieron para ver cómo marchaban sus negocios.
Lejos quedaban aquellos tiempos en los que tenían que salir a cazar por esos bosques, ya que desde hacía mucho criaban en sus propios establos a las suculentas ovejas de raza merina. Sin embargo, las leyes del Reino les imponían grabosas condiciones para sus haciendas: control veterinario, número máximo de ovejas por bebedero, etc. Así que comenzaron a introducir en los establos ovejas ilegales, de raza churra (que abundaban, ya que la lluvia ácida producida por las fábricas de los lobos había esquilmado los prados de sus valles de origen), las cuales, además de ahorrarles a los lobos impuestos, gestiones, etc., consumían menos pienso y su carne era tan sabrosa y su sangre tan dulce como la de las merinas, así que, poco a poco, los lobos fueron reduciendo la ración de pienso de las merinas y a relajar las medidas higiénicas y de control para con ellas.
Por esas razones, la agitación empezó a alterar la paz de los establos. Las merinas se quejaban de las magras raciones, del hacinamiento, del lento pero progresivo deterioro de su nivel de vida. Así que los lobos tomaron cartas en el asunto.
Decidieron difundir por los establos que la culpa de todo la tenían las churras, que portaban enfermedades de sus incivilizados prados, que se empeñaban en comer menos y en hacinarse en los rincones más sucios, por lo que su competencia era desleal.
La peregrina idea, no obstante, cuajó entre las merinas. Bajo la mirada satisfecha de los lobos, las churras eran objeto de vejaciones cada vez más frecuentes, por lo que su miedo las empujaba a no comer demasiado, con lo que los lobos cada vez daban raciones de pienso más magras y el ciclo se retroalimentaba una y otra vez.
"¿Y ninguna oveja merina se dio cuenta?", os preguntaréis, queridos niños y niñas. Pues sí, pero como las ovejas negras eran cada vez menos y estaban tan desprestigiadas por pedir la libertad de la vida en los prados y renunciar a la confortable y civilizada vida del establo, nadie les hacía caso.
Y los lobos sonreían satisfechos mientras clavaban sus dientes en los tiernos cuellos de sus ovejitas, lo mismo de las churras que de las merinas.

* * * * * *

Esta mañana estaba en el tajo y se me acercó Manuel, un extremeño rondando los 60 años con un gracioso gracejo castúo. Pero hoy no estaba para guasas. Le habían dado el boleto (la carta de despido). Y, cuando acabábamos la típica charla (que si la construcción está muy mal, que si muchas empresas, después de haberse llevado la pasta, dan el cerrojazo, etc.), me suelta Manuel:
-"Si es que no me extraña, si es que hay mucho extranjero, que como cobran menos nos están quitando el curro."
Mientras hablaba, sobre el ruido de la hormigonera y el murmullo de Radiolé de la cuadrilla de yeseros de al lado, he creído oír un prolongado aullido de lobo en la lejanía.
Habrá sido mi imaginación.
O la mala leche que se me ha puesto.

domingo, 27 de abril de 2008

La traición de los curritos

Fernand Braudel, el gran historiador francés y alma de la "Escuela de Annales" acuñó un concepto de gran repercusión en la historiografía del siglo XX. Se trata de la llamada "Traición de la burguesía". En el "Antiguo Régimen" (siglos XVI al XVIII grosso modo) sólo los estamentos privilegiados (la nobleza y el clero) tenían derechos políticos y podían hacerse cargo de las labores de gobierno. Las clases adineradas de las ciudades (la burguesía), aún gozando de gran poder económico, carecían de los privilegios de los anteriores. Siguiendo a Braudel, la burguesía comenzó desde antiguo a protagonizar una lucha por la conquista del poder que culminaría con las revoluciones burguesas del XIX (la más señera sería la Revolución Francesa), pero en este proceso se dieron algunas paradojas. La más importante sería dicha traición de la burguesía: muchos ricos comerciantes, artesanos, etc., de las ciudades, en vez de luchar por sus intereses como colectivo (como clase), se dedicaron a emular a los nobles, siguiendo su modo de vida, sus costumbres, asumiendo la ideología aristocrática (repudio del trabajo manual, vivir de las rentas, etc.) e incluso comprando títulos de nobleza (mediante matrimonio a veces) de manera que acababan asumiendo el sistema de cosas, traicionando así su propia ideología y constituyendose en un serio obstáculo para el progreso de la lucha por los derechos de su propia clase social.
Si extrapolamos lo anterior a nuestra sociedad, podemos comprobar, como Heráclito, que la Historia se repite: la clase trabajadora, no sólo de España sino de todo el orbe occidental, después de dos siglos de dura lucha por los derechos sociales y políticos, una vez alcanzado un cierto nivel de prosperidad económica, se ha dedicado a mirarse el ombligo y a asumir la ideología de sus antagonistas. Como los burgueses del siglo XVII, los curritos del XXI (europeos y blancos) se mueren por poseer el adosado con piscina, la tele de plasma y el Audi A4. Los moros, los rumanos, los sudacas ( los que ocupan en suma los puestos de trabajo en los que antaño también sus propios padres fueron explotados), ya no son vistos como iguales, como gentes con los mismos intereses y necesidades, como miembros de una misma clase. Quienes hablan de control de fronteras, de regulación del flujo migratorio, de inseguridad ciudadana, ya no son los señoritos de pueblo ni los empresarios urbanitas, sino los hijos del proletariado del franquismo que se avergüenzan incluso de la palabra proletariado. Se ha cambiado la solidaridad de clase por tener clase, la sobriedad obrera por la moda, la dignidad por el consumo y el derroche, el arriba parias de la Tierra por el que venga detrás que arree.
Como bien analiza Enrique Gil Calvo en "El declive de la izquierda" (El País, Opinión, 16-04-2008), asistimos a un proceso de derechización de la clase trabajadora sin precedentes, a una estratificación social donde cada uno quiere alcanzar el estatus de los que están por encima y repudia a quienes, por naturaleza social, comparten sus intereses. Ni siquiera los más explotados entre los explotados, los inmigrantes, sienten los otrora sagrados lazos de clase: mientras se ponen verdes entre comunidades nacionales (los marroquíes detestan a los rumanos, los rumanos miran por encima del hombro a los sudacas, los sudamericanos no quieren nada con los moros, etc.) llenan las grandes superficies comerciales comprando compulsivamente móviles de última generación, bambas de marca o trapitos de Mango y Zara.
Pronto desaparecerán los posters de "El Ché" y se venderán como rosquillas los de Esperanza Aguirre. Nadie se acordará de Marx ni de Bakunin. Es la traición de los curritos.

domingo, 17 de febrero de 2008

En un mundo libre...

El bendito Ken Loach, director de cine comprometido como ninguno, ha estrenado recientemente una nueva película: "En un mundo libre...", donde se centra de nuevo en la problemática de la inmigración ilegal en Occidente.
El tema viene que ni pintado en estos días de (pre)campaña electoral. Toda persona con más corazón que estómago sintió náuseas al escuchar a Arias Cañete hablar de lo mal que está el servicio, o el aplaudido por la ultraderecha europea contrato para los inmigrantes propuesto por el PP, donde los trabajadores extranjeros tendrían que pasar por la humillación de firmar un documento a su entrada al país donde se comprometieran a respetar las leyes y las costumbres españolas(?).
Dicho contrato propuesto por Espe, Rajoy y cia. nos lleva a hacer unas reflexiones inmediatas: en primer lugar, está claro que cualquier persona en cualquier país, extranjera o no, está obligada a respetar las leyes, luego, ¿a qué viene eso de firmar que se va a cumplir algo a lo que ya estás obligado? Y en segundo lugar, ¿quién es el guapo que dice qué costumbres son las que hay que respetar? ¿Obligaremos a los kenyatas a bailar sevillanas? ¿Tendrán que salir los canadienses de los bares con un palillo de dientes en la comisura de los labios y rascándose la entrepierna? ¿Me recibirá mi amigo Mohamed en su casa bailándome un aurrezku en vez de con un té con menta? Y, por otra parte, ¿a qué extranjeros? Porque la ley española dice claramente que los ciudadanos de la UE tienen iguales deberes y derechos en todos los países de la Unión. ¿Habrá una escala de ciudadanos de primera, de segunda y de tercera?
Está claro que el PP no ha hecho ninguna de esas reflexiones y que lo único que pretenden es fidelizar a una parte de su electorado que comulga con la extrema derecha. Pero lo que resulta decepcionante es la reacción del PSOE: pese a que criticó (¿cómo no?) el contrato de marras, la primera reacción de Rubalcaba fue decir que ellos "habían expulsado del país durante 2007 a más ilegales que nunca", haciendo un guiño a los sectores más intransigentes. Y, no contentos con eso, en la escalada electoral por copar los votos de la xenofobia, propusieron que los extranjeros que residieran en España y tuvieran carné de conducir fueran obligados a realizar una prueba para convalidar dicho permiso. Estamos en las mismas: los ciudadanos de la UE, rumanos y búlgaros incluidos, tienen su documentación homologada a la española automáticamente. Y los extracomunitarios tienen tratados de reciprocidad que homologa títulos y documentos según tratados bilaterales (es decir, que, por ejemplo, Ecuador reconoce la validez del permiso de conducir español en territorio ecuatoriano y España hace lo propio con los ecuatorianos en territorio hispano). ¿Qué va a hacer el PSOE entonces? ¿Derogar la legislación comunitaria y no aceptar el carné de los rumanos como válido? ¿Derogarán el tratado bilateral con Colombia o Argentina y los residentes españoles allí tendrán que hacer una prueba de homologación de sus carnés?
La xenofobia tiene muchas caras. Y la que va unida a la hipocresía y la demagogia es la más amable, pero no por ello la más inocua.

sábado, 16 de febrero de 2008

La balsa de La Medusa

Hace unas semanas escribí este pequeño artículo para la revista local "Punto de Encuentro". Como veréis, el tono es bastante (¡¡¡mucho!!!) moderado, porque el público al que va dirigido no es precisamente la flor y nata de la progresía (Miguel Esteban, para quienes no lo sepáis, es un feudo tradicional de la derecha más recalcitrante). Pero me pareció interesante hurgar un poco en el tema de la inmigración, tan traída y llevada.

La balsa de La Medusa

De entre las muchas obras cumbre del arte que se pueden admirar en el parisino Museo del Louvre destaca una de 1819 del pintor romántico Théodore Géricault titulada La balsa de La Medusa.

Esta enorme pintura, tanto por sus dimensiones (mide siete por cinco metros) como por su calidad pictórica, está basada en una truculenta historia que agitó la conciencia de la sociedad francesa de la época.

En 1816, tras la derrota de Napoleón y la restauración de los Borbones en el trono francés, una fragata, La Medusa, naufragó a unos 150 kilómetros de la costa del Senegal (en aquella época territorio galo). Como el total de los 400 navegantes no cabía en los botes salvavidas, el capitán decidió que éstos fueran ocupados según el rango de la tripulación, dando preferencia a oficiales y aristócratas. El resto, unas 150 personas entre marineros, sirvientes y soldados rasos, fue trasladado a una balsa construida con madera de la fragata que sería remolcada por los botes. Sin embargo, al poco tiempo, los aristócratas comprobaron que remolcar la balsa les entorpecía la marcha, así que decidieron cortar las amarras y abandonar la balsa a su suerte.

Los botes alcanzaron la costa sin dificultades, pero la balsa de La Medusa quedó a la deriva; sin víveres, sin remos, sin agua potable, pronto el hambre, la sed, la insolación y la enfermedad se enseñorearon de tan precaria embarcación durante 52 días, al cabo de los cuales sólo 15 tripulantes fueron rescatados con vida, de los que 5 murieron al poco tiempo. Los diez supervivientes difundieron por toda Francia los terribles hechos, relatando tanto el infame acto de los aristócratas de La Medusa como la serie de calamidades que ocurrieron a bordo de la balsa, donde se llegó al asesinato, la enajenación mental, el suicidio e incluso al canibalismo.

El conocimiento de tales noticias causó gran ira y revuelo en la población francesa, que vio en aquellos hechos la personalización de lo repugnante de quienes desprecian hasta el extremo la vida de aquellos a quienes consideran inferiores. El cuadro de Géricault provocó tal vergüenza entre la nobleza que un grupo de ellos intentó comprar el lienzo para destruirlo, aunque la famosa obra se salvó, paradójicamente, al ser adquirida por el propio rey para la colección real.

Aún hoy, casi 200 años después de aquellos hechos, nos sentimos conmovidos por esa historia. Sin embargo, por ironías del destino, en los últimos años no una sino cientos de balsas de La Medusa se dirigen desde el Senegal a las costas españolas cargadas de seres humanos desesperados, desfallecidos, en condiciones infrahumanas, muchos de ellos encontrando la más indigna de las muertes. Sin embargo, muy al contrario que los franceses de hace dos siglos, escuchamos cada día en el Telediario esas noticias sin inmutarnos, sin conmovernos, como si no se tratara de seres humanos.

Puede que no nos queramos parar a reflexionar que nosotros, los españoles del siglo XXI, quizás somos como aquellos aristócratas que, para salvar sus vidas, arrojaron a la muerte a decenas de personas que suponían un lastre para su marcha. De la misma manera, nosotros nos negamos a acoger a las personas que arriban a nuestras costas porque pensamos que supondrán un lastre para nuestra economía. No hace falta más que escuchar cualquier conversación en el bar, en la consulta del dentista o en el despacho del pan: la gente no piensa en estos seres desesperados como en seres humanos con tanta dignidad como nosotros mismos, sino que se queja de que ocuparán puestos de trabajo, acudirán al médico o supondrán un gasto para los servicios sociales. Ni siquiera nos paramos a pensar que quizás dichos emigrantes en realidad no nos vienen a robar nada, que vienen a ocupar los peores puestos de trabajo, que contribuyen al sostenimiento del sistema de pensiones o que dinamizarán nuestra economía gracias a su consumo, alquileres, compra de bienes, etc.

Lo que queremos es que nuestra riqueza, nuestro nivel de vida, no baje ni siquiera una milésima por culpa de estos negros y moros a quienes consideramos inferiores. Como los aristócratas de La Medusa, preferimos cortar las amarras de la balsa que tememos que lastre nuestro futuro. Y con este acto, abandonamos a miles de seres humanos a la desesperación y la muerte.