Aunque en los últimos años de gobierno del
PSOE hemos asistido a una escalada
in crescendo hacia las políticas más
derechistas, la verdad es que hay algo que me apena en la figura del presidente
Zapatero.
Por mucho que lo neguemos, su periodo gubernamental abrió grandes
esperanzas en un amplio abanico social, con acciones tan fulminantes como la
retirada de las tropas españolas de
Iraq o imponiendo leyes tan valientes y necesarias como la del
matrimonio entre personas del mismo sexo.
Sin embargo, cuando
la mayoría de la sociedad estaba aceptando que las cosas podían ser
cambiadas, con la
Iglesia contra las cuerdas (se manifestaba en la calle un día sí y otro también, así estaba de desesperada) y con la
CEOE resignada a posibles cesiones,
Zapatero empezó a
perder fuelle y a hacer
cesiones al ala más a la
derecha (
neoliberal) y más
católica del
PSOE sin ninguna necesidad. El presidente sufrió una
abducción neoliberal sin parangón en la
Historia de la Humanidad, resumida en la lapidaria frase de
Llamazares (
no le reconozco, señor presidente), de manera que empezó a hacer
concesiones gratuitas a
diestra y rediestra hasta llegar incluso hoy a atreverse a lo impensable:
reformar la Constitución por un
chapucero trámite de urgencia para contentar a los
mercados de deuda extranjeros.
Como
comunista, soy de los que piensan, como
Gramsci, que la sociedad sólo puede asimilar las propuestas de la
izquierda cuando está preparada
culturalmente para ello. Por eso considero doblemente
doloroso el
fiasco Zapatero, no sólo por lo que supone de
oportunidad perdida para el
avance de las ideas de la izquierda en general, sino por el
daño que se le ha hecho a la credibilidad de
la izquierda en sí.
De hecho, la
desilusión de la gente de izquierda, la
perplejidad ante lo que está pasando, es el origen de una apatía que conduce a una
abstención que servirá el triunfo a
Rajoy en
bandeja de plata. Pese a los partidarios del "
cuanto peor, mejor", que creen que un descalabro del
PSOE abrirá los ojos de las capas populares y llenará las urnas de votos a
IU, yo hago un análisis bastante más pesimista.
Los resultados de las
elecciones municipales y autonómicas son esclarecedores en este sentido; paradójicamente, el voto de castigo a un gobierno que ha
traicionado a la
izquierda haciendo
políticas de derechas ha ido a parar, mayoritariamente, a la
derecha más rancia.
Sin embargo, el daño ocasionado por
Zapatero a nivel psicológico no se limita sólo a resultados electorales, sino que son aún más
profundos. Cuando
Felipe González forzó el abandono del
marxismo en el programa del
PSOE, e inició la
homologación del
PSOE con los partidos socialdemócratas europeos, aún existía en Europa una corriente fuertemente organizada de
izquierda revolucionaria encarnada en los
partidos comunistas (aún eran los últimos coletazos de la
edad dorada, por ejemplo, del
PC italiano, o del
PC francés), por lo que seguía existiendo una
referencia diversa en
la izquierda, un
norte múltiple al que mirar. Por el contrario, la
claudicación de
Zapatero ante
el capital, que se había convertido en el único
líder socialdemócrata de
prestigio en
Europa, es más que un
símbolo para el
neoliberalismo, es la señal inequívoca de que
cualquier resistencia es inútil, y de que a partir de ahora
ha llegado la hora de los banqueros.